
Parece que hubiese un choque casual e incontrolable, como orgasmos a través de pilas y control remoto que encaye en mi ropa interior, para que últimamente, no sólo tropiece con la ciudad de Nueva York y sus habitantes, o con británicos idos allí o al revés, parejas en pausas o deshechas, o deportes netamente anglosajones. Como si un experto narrador deportivo tuviera que convertirse en novelista.
Para ser realistas, éste mes, en que ya llevo unas 6 ó 7 novelas esnifadas, me he tropezado con la ciudad de los fantasmas en unas 5 de ellas, 2 con los deportes estraños (que no extremos), y con las parejas que se han ido por las alcantarillas, para de contar.
Al comenzar Netherland, con lo viajero impenitente que soy, lo amante de los cruzamientos transoceánicos, y de los idiomas con matices como pulpa de fruta, falsamente creí que sería una noveluca más. No es para nada extensa, pero sí intensa. Joseph O’Neill, su autor, se autorradiografía en ella, aunque con un nombre holandés de chico de pueblo: Hans van der Broek. Se casa con Rachel, abogada inglesa que es fichada por una importante firma neoyorquina, pero tras el 11-S, decide que la mejor manera de proteger al hijo que han tenido, es irse de la City y de los brazos glaciales del marido, con quien se ha tenido que refugiar en el Hotel Chelsea, después de la debacle en Manhattan.
Así, entre ires y venires que sacuden los vientres de los aviones que lo llevan quincenalmente a ver a su hijo y ex, y el Cadillac corcovado de su amigo trinitario Chuck Ramkissoon, con el que practica para obtener su permiso de conducir a la vez que le sirve de secuaz al negro, que en realidad es un diller de lotería ilícita, va aprendiendo que NY es más que un juego de letras capitales. El hotel es como salido de Pesadilla en Elm Street, con un pijillo alucinado vestido de novia (el atuendo más parecido al de un ángel), la madre de éste pegada con celo al encaje del hijo; putas, camellos, borrachos, todo cerca de una residencia de ciegos. Ya le extrañaba a Hans que hubiese tantos por allí cerca.
Y el críquet, que sirve de utopía al personaje más encantador de todos, el Chuck de marras: quiere que la pelota y el césped se conviertan en el símbolo de unión de toda la América. Llega incluso a acopiar fondos, con su labia de paciente pastor, de las comunidades rusa, judía, cingalesa, bengalí, para arrendar un viejo aeropuerto donde ir podando la hierba con la sabiduría de quien sabe que cualquier alga no es buena para el sushi (literalmente, una de las varias empresas que tiene el trinitario).
Así, entre el bamboleo aéreo, de las relaciones maritales, de la abulia de tener pasta pero un témpano que te espera al salir de las roídas alfombras de tu cuartucho, Hans tendrá que fabricar su vida. Pese a que el carácter más encantador de la obra lo lleve Chuck y su verbo tramposo. Aunque el mismísimo O’Neill, confinado aquí al papel de narrador en primera, viva en realidad en el hotel Chelsea y esté casado con Sally Singer, editora de Vogue quien una vez, siendo la que aprobaba los manuscritos para una casa editorial, le rechazara al padre de sus 3 hijos su segunda novela. Aquella no sé, pero ésta es magnífica y desconcertante.
Netherland. El club de críquet de Nueva York (Netherland)
El Aleph Editores, 2009
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