
Matthew Pearl vs. Charles Dickens. Es la lucha entre un escritor muy joven y contemporáneo, de esos que visitarán las esquinas donde está anclado Starbucks, compra el New York Times y tiene en casa su buena tele de plasma, y sagacidad y erudición para meterse de lleno en camisa de once varas: traslado al siglo XIX; recreación de una época con todo detalle; agudeza para imaginar cómo era un tranvía atravesando las esquinas concurridas de Boston; un barco transatlántico; una editorial gigante y voraz como la Harper y otra pequeña como la de Fields, Osgood & Co; la universidad, la morgue.
Además de las manías del creador de El Club Pickwick, Grandes esperanzas y Oliver Twist; sus fobias y vértigos cuando viajaba en tren; sus secretos paranormales; su mundo privado entrelazado con el público que le leía hasta en los peores burdeles londinenses; o las golpizas de fans para coger un turno en los teatros que abarrotaba en el equivalente a lo que hoy llamamos el ’spoken word’. Dickens encuentra en Pearl a quien sabe desnudarlo literariamente, casi de manera biográfica como nadie.
Si bien se puede prescindir de los pasajes de Bombay, donde vivimos el mundo del contrabando de opio, y conocemos de paso a uno de los hijos de Dickens, afincado en la India como oficial inglés, la novela es más que una escaramuza para entretener. Leerla es volver tantísimos años atrás a temas hace ya mucho olvidados. Desgraciadamente, tiempos que ni siquiera los que tienen la edad del escritor neoyorquino conocen.
A esa velocidad en su madurez creativa, Pearl ascenderá como lo hizo en su día el maestro Dickens. Aún en tiempos de los ordenadores y de las aerolíneas. De los iBooks.
El último Dickens (The Last Dickens)
Madrid, Alfaguara, 2009
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