Divina París, divina providencia

¿Qué tienen en común Marylou, esa secretaria harta del troglodita de su jefe, madre soltera, con el exitoso arquitecto Albert, o con Tom, el productor de cine que es pillador de su amante con otra tía a la vez que es pillado en su bicicleta en un accidente que le lleva a una hemorragia interna? ¿Y todos ellos con la negrita de la historia, Prudence, prudente como ella sola, brillante como Condoleezza Rice en un soberbio bufete de abogados, pero segregada por su color de piel?

Pues la casualidad, lo fortuito. Los hilos invisibles de la divina providencia. Por alguna razón, en una gran ciudad como París, que pudiera ser cualquier otra (si mal no recuerdo no se menciona nunca de qué urbe se trata; sólo se adivina), todos convergen en la sala de emergencias del hospital.

Pero el cruce de coincidencias va más allá de lo epidérmico. Siempre, en cada uno de los personajes, hubo un antes y un después que los relacionara con alguna de las piezas en juego. Ya sea un taxi, o el pastelito de violeta cambiado por un ópera, o un perro malcriado al que hay que sacar a correr, o un hombre y una mujer que acuestan con la misma tía.

Dejemos pasar por alto la sospecha que nos evoca Divina Providencia, la última novela de Valérie Tong Cuong. Sobre todo, las colisiones espacio-temporales de Alejandro González Iñarritu (Amores perros y Babel). Es un manojo de historias para consumir en menos de lo que dura un tren de aquí al pueblo vecino. Ese es un buen síntoma para medir su eficacia narrativa. Además de un plus que quizás nos aguarde en el trayecto, con nuestros compañeros de vagón. Más coincidencias.

Divina Providencia (Providence)
Barcelona, Ediciones Salamandra, 2009
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