John Connolly, la Guadaña, la sangre fría

Un par de sandeces y gilipollez al cuadrado. La primera, referente al cerebro de un asesino. Existen en todos nosotros, eventuales máquinas para matar, dos filtros que abren o cierran como escotillas, para empujar un puñal a bocajarro o apretar un gatillo: el prosencéfalo -que funciona bien en casi todos, lo que nos evita tener que podar más árboles para hacer ataúdes o disecar ríos para ampliar los cementerios; y el mesencéfalo, que ya sí es la leche. A partir de que superemos este filtro, ya somos puras bestias.

La segunda, una sarta de nomenclaturas que pudieran reunir nombres técnicos para cirujanos, transistores, cámaras fotográficas o montacargas: bípode Harris, Chandler XM-3, maletín Hardigg, Surgeon XL, Scmidt & Bender 5-25×56, Steyr, Glock, en fin, si eres menor o tienes un morbo excesivo por rasurarte, deja de leer aquí mismo. Son armas para eso, hacer de los otros coladores, o cuando menos, plastilina.

Con la soltura narrativa que cada día madura más, el irlandés John Connolly nos describe una de las novelas más especiales de la serie del detective Charlie Parker, quien aquí tiene sólo una aparición episódica, pues los verdaderos protagonistas son sus amigos, matones profesionales y pareja gay, Louis y Angel.

Hombres que se ganan la comida “bien” (si se puede calificar a su oficio de sicarios-pijos con este adverbio), quitando lo que tienen que conservar con instinto de felinos: la vida. Su maestro, Gabriel, todo un arcángel de las matanzas con estilo, enfrentado a la destreza del otro sicario, Ventura, el malo de la película.

Lo mejor de este drama donde brota la sangre como si hincaras una lata de tomate frito con un cuchillo inadecuado por el lado que no es, está en el tropel de acontecimientos, la frescura con que Connolly sabe contar, que muchas veces parece que estás leyendo páginas enteras escritas o traducidas por el mismísimo García Márquez. Aunque termines con una inmensa turbación, pues no sabes si, como lector, te funciona bien el prosencéfalo, aquella primera barrera que te separa de ser un bendito a convertirte en un destripador.

Los Hombres de la Guadaña (The Reapers)
Barcelona, Tusquets, 2009

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