Stieg Larsson: un ángel en Hackerland

Con las manos descoyuntadas por las casi 900 páginas. Con algunas vigilias que me pillaban con el sol en la cama y aún leyendo. Menos mal que pocas, porque es etérea esta novela. Se desvanece, se consume como si la esnifaras.

He visto, como seguro vosotros, una decena de chicos o chicas leyendo lo mismo que yo en estos días en que el sol te da por la espalda mientras haces correr la pupila como scáner por la última (nunca mejor dicho) entrega de la trilogía Milennium, La reina en el palacio de las corrientes de aire, de Stieg Larsson.

A no ser por el físico sedentario del autor, que especulamos por la foto de la solapa, Mikael Blomkvist es su alter ego, con menos kilos y años. Acucioso, obsesivo con los detalles, depredador del tiempo, que no le sobra y que lo escarba entre noches de tensión, es el verdadero protagonista de la saga de la Suecia actual. Meterse en las entrañas del poder, de las mafias políticas, de los encarnizados medios que inclinan como débil hierba a la opinión pública como Larsson sabe hacer con sus millones de lectores, atontados entre sus capítulos huracanados.

Es imperdonable que me ponga a elucubrar sobre el perfeccionismo dramático de la novela, el ejército de personajes con apellidos de difícil pronunciación en lenguas latinas, el saber coser con alta costura. Mejor es descubrirlo por uno mismo. Me andaré con rodeos, mejor. Suecia, la nación impoluta, ejemplar, salpicada de inmundicia e inseguridad, paranoia e injusticias, por la ambición y los bajos instintos, que a pesar de ello no son tan bajos, pues son del cerebro, bien arriba del cerebro. Despues de  Milennium, Suecia no podrá ser nunca la misma.

Cuentan que una vez Jo Rowling, una profesora humilde, mientras viajaba de Manchester a Londres ideó a un personaje que la apalancó a ser una de las mujeres más ricas del mundo con un chico astuto que, reconozco, nunca he accedido a leer, Harry Potter. Otra escritora, pero sueca igual que Larsson, Astrid Lindgren, ideó a la famosa Pippi Calzaslargas o Medialargas.

Pues bien, Lisbeth Salander se me acerca más a Pippi que a Harry. Con la diferencia de que la joven de Larsson tenía la habilidad de ser una probadísima hacker. Igual que su creador, que más allá de su muerte sigue escarbando como pirata informático cada rincón de nuestra corteza cerebral, cada débil vello de la piel.

La reina en el palacio de las corrientes de aire (Luftslottet som sprängdes)
Barcelona, Ediciones Destino, 2009
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