Usurparle el trono a Dios

Estar sin un duro y ser un looser, al punto de que te hayan cesado como vendedor de lámparas. Encontrarte con uno de tus amigotes que es comercial de esposas y otros enseres para las fuerzas del orden, y a quien le da pereza irse a una convención en Miami, entre maderos que poco tienen que contarte con el amasijo de penas que llevas a las espaldas.

Pues dicho y hecho. Tyndale recibe de las manos de su colega Nelson en un cutre restaurante chino de Londres el pasaporte y la tarjeta de crédito para gastos de representación, aunque el primero no se parezca para nada al segundo: sólo en el morro que se pisan.

Como están las cosas con la seguridad de aeropuertos, Tyndale se las arregla y entra en Miami. No habla sílaba en castellano, ni entiende muy bien cómo funcionan las cosas. Pero entre mesarse los cabellos y zamparse casi todo el crédito de Nelson, decide que lo mejor, después de ver a un pastor exitoso al que adora la feligresía, es ser Dios.

Que nadie te interrumpa mientras lees cómo el tío se sumerge en la mafia de la droga, y cómo va a parar a la Iglesia del Cristo Fuertemente Armado. No eres Dios, y no se lo perdonarás. Las páginas, llenas de ponzoña del perdedor, y de aventuras como las de ser predicador con un reproductor amplificado del templo de la competencia, no tiene despedicio.

Miami sigue siendo un espejismo, sobre todo, para quien no tiene nada que perder y cuya filosofía es emular con los milagros. La única posibilidad de ser adorado es morir y resucitar de inmediato. No es una historia sólo de tenderetes, libelos, bulas, sino también de tanatorios. Y algo de amor. Lo que le sobra a Tyndale es la magnífica oportunidad de ser un canalla y hacerse pasar por un gandul.

Quién fuera Dios (Good to be God)
Barcelona, Tusquets, 2009
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