
Ironías urbanas. Hoy, justo cuando se estaba inaugurando la sede remozada de Cervezas Moritz en Barcelona, justo en la lámpara de calle de enfrente a la entrada principal, pendía una publicidad de la competencia. Quizás Moritz no se caracterice por tener una partida publicitaria, como sus émulos. Sin embargo, apoya incondicionalmente proyectos culturales de todo tipo, desde noveles diseñadores de moda, a skaters, y se puede entonces permitir el lujo de invitar a Jean Nouvel a que diseñe el nuevo rostro de su casa.
La que ya nunca más será llamada la ‘antigua fábrica’, ni una momia embalsamada, como dijera Nouvel en la visita que dirigió en la mañana, ahora es un espacio de multiplaceres. El maestro francés ha sabido aprovechar la arqueología de la marca y la edificación desde que fue fundada, para trabajar arqueológicamente el espacio.

Así, suelos rústicos en piedra se disuelven en otros de mosaicos originales o granito muy pulido, por el que casi ví desbocarse a una colega entaconada, sin pensar en las consecuencias de haber trasnochado, levantarse tarde y subir pretenciosa en sus zancos.
Se combinan con paneles luminosos, de un colorido festivo, y proyecciones de alta definición en 3D. Ubicados a conveniencia, piezas que son iconografía de la evolución de la bebida.

Nouvel, enfundado impecablemente en un cómodo tejano gris cubierto por una americana negra, ha sido la efigie de su obra en éstos laberintos que albergan los tanques de fermentación. Contraste con la luminosidad que ha logrado. Unas pirámides de espejos permiten ver , sentados desde cualquier posición en lo que será el restaurante, el cielo. Mejor uso a los espejos, imposible, y que no sean para recordar que puedes terminar viendo doble, morado de la borrachera con triple malta.
Hay tanto juego espacial, que muchas veces las trampas que nos tiende el arquitecto nos hace pensar en un parque de atracciones. La posibilidad de ser observados y observadores de los transeúntes, desde arriba y desde abajo, o un puente al vacío para atravesar el pasillo a los lavabos, de vértigo. O un piano de cola con la banqueta encimados en un podium metálico, que se convierte, por obra y gracia de la magia hidráulica, en una barra.
Lo mejor, integrar la fábrica al entorno. Sábanas que se ven colgadas en los edificios aledaños, así como ventanas cotillas que seguirán preguntándose esta noche en sueños: “¿que hacían esas chicas de falda tan corta y sombreros vietnamitas, llevando a sus espaldas esos altavoces como mochilas, y un enjambre de holgazanes detrás escuchando lo que dice un señor calvo, fornido y alto?” Todo sin saber que fue parte de las diabluras de Bigas Luna para el bautizo.
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